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Charlie Méliès

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PROYECTO SOLIDARIO · ENERO DE 2026

Sahara Mágica

Cuatro magos, más de 2.000 niños y niñas y unos 24 pases en los campamentos de población refugiada saharaui de Tinduf.

No fui al Sáhara

En enero viajé con un grupo de voluntarias de la asociación Amistad Saharaui, de Alcobendas y San Sebastián de los Reyes. Para ser exactos, no fui al Sáhara, sino a los campamentos de población refugiada saharaui. Y lo matizo desde el principio porque es clave: los campamentos no están en el Sáhara Occidental.

Taller de neumáticos en los campamentos, con ruedas apiladas bajo un cartel de Bridgestone

Están en Argelia, en un terreno extremo cedido por este país en la zona de Tinduf, un lugar que se conoce como «el desierto de los desiertos». Allí se levantan las wilayas de El Aaiún, Smara, Ausserd, Bojador y Dajla, y Rabuni, la capital administrativa.

Una mujer con melfa camina por una calle de tierra de Bojador, entre casas bajas Dos personas del grupo contemplan el atardecer sobre los campamentos

Un muro en el desierto

Para entender cómo todo un pueblo acaba viviendo en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, hacen falta un par de datos. Los límites del Sáhara se fijaron en tratados desde 1900. Y no era una colonia cualquiera: en 1958 se convirtió oficialmente en una provincia española, la provincia 53. Durante décadas hubo cierto desarrollo, con obras públicas y riqueza pesquera, y un pueblo tradicionalmente nómada empezó a asentarse bajo nuestra administración.

Pero la ambición de Marruecos sobre el Sáhara nunca se detuvo. Si os interesa la historia, os animo a buscarla, porque lo que vino después es de traca. Pero vamos al turrón.

La técnica del equipo sonríe junto al altavoz, con una bandera saharaui al fondo

Hoy el Sáhara Occidental está ocupado por Marruecos, y el pueblo saharaui vive separado por un muro de más de 2.700 kilómetros. Lo repito por si parece poco: un muro de más de 2.700 kilómetros, más del doble de lo que mide la Península de punta a punta. Barreras de arena, fortificaciones, vigilancia y soldados a lo largo de todo el trazado. Y a su alrededor, uno de los terrenos más minados del mundo: se calcula que hay más de siete millones de minas.

La vida en los campamentos

No quiero romantizar nada de la vida en los campamentos, pero lo que vi allí es generosidad pura. Llegar es un golpe de realidad. Necesitas un visado específico. Al bajar del avión te escolta la policía argelina y después te recoge el Frente Polisario. Al caer el sol, sobre las siete de la tarde, no se puede salir de las casas por seguridad, una norma que se endureció después de que un grupo yihadista secuestrara a tres cooperantes en 2011.

Reunión del grupo con anfitriones saharauis alrededor de una mesa larga Foto de grupo de la expedición con anfitriones saharauis ante un edificio

Nos alojamos en casa de Munir. Él es el ejemplo vivo de que los proyectos educativos funcionan: fue uno de los miles de niños que vinieron a España con Vacaciones en Paz, y Elena fue su madre de acogida. Años después, los papeles se invierten y es Munir quien acoge a la asociación.

Cuatro personas de la expedición posan sonrientes contra una pared

La convivencia te rompe los esquemas. Dormíamos en habitaciones separadas para hombres y mujeres, respetando sus costumbres, pero la hospitalidad es absoluta. Nos vistieron con su ropa tradicional, la darrá y la melfa, e hicimos una boda simbólica. Y luego está el té. Allí todo se hace con tiempo, y te sirven tres: el primero, amargo como la vida; el segundo, dulce como el amor; y el tercero, suave como la muerte. Si es la hora del té, la gente se para donde esté y se pone a charlar.

Un mago mira el móvil en el asiento de un autobús, junto a una peluca blanca

Cuatro magos y más de 2.000 niños

¿Y a qué fuimos? Fuimos cuatro magos: Manu desde Canarias, Varo desde Madrid, Xulio desde Galicia y yo. Llegamos de madrugada y teníamos ese primer día para conocernos. Pusimos nuestras ideas en común y, de forma súper colaborativa, creamos un show coral. Salí de allí confirmando que son unos titanes escénicos, con una versatilidad difícil de explicar si no subes con ellos a un escenario.

Los magos ensayan en una sala, con instrumentos y sombreros
Un mago con camiseta de «Sahara Libre» y cadenas en las muñecas pone cara de sorpresa ante un mural rosa Tres magos asoman uno encima de otro por el marco de una puerta mientras una mano lanza un sombrero Un mago, visto desde abajo, toca un instrumento de fuelle con una camiseta de «Sahara Libre»

Llegamos a más de 2.000 niños y niñas en unos 24 pases, en colegios y en las bibliotecas Bubisher. El telón de fondo podía ser un autobús, un muro pintado por los niños o la inmensidad del desierto. El show era el mismo, pero nunca era igual: jugábamos con lo que teníamos, sosteniendo la propuesta pero permitiéndonos disfrutar, improvisar y reírnos.

Los magos actúan ante un mural con el texto «Sáhara Libre» mientras los niños levantan las manos entre confeti
Dos magos levantan los brazos a la vez ante una pared de adobe Niños de espaldas miran a los magos, que actúan junto a un todoterreno Niñas con lazos azules en el pelo miran el show ante un mural
Los magos despliegan una bandera saharaui ante un aula llena de niños Los magos levantan en brazos a uno de ellos ante un público infantil

A nivel logístico no es fácil. Ahí estaba Alma en la parte técnica, poniendo músicas, montando y desmontando, y siendo el apoyo anímico que nos recargaba a todos. Nada de esto habría sido posible sin proyectos como Sahara Mágica y sin personas como Elena, Susana, Támor, Pilar, Alma, Zaira, Paula, Anto y Raúl.

Un mago saca tiras de papel de su boca mientras otro tira de ellas Dos magos de espaldas, con sombrero, miran a los niños que esperan en fila al otro lado de una puerta

Mi pequeña batalla

Cada persona elige sus luchas. Es imposible cargar con todo a la vez o pelear contra todas las injusticias del mundo al mismo tiempo. Es muy fácil pensar: «Total, mi granito de arena no va a cambiar nada».

Niñas y niños pequeños aplauden durante el show Un balón de fútbol bajo los pies de alguien sentado en una silla de colegio

Pero sí cambia. Cambia cómo te sientes tú. Si consigo dirigir mi energía, mi tiempo o mi arte hacia causas como esta, sin juzgar a nadie, me siento en paz.

La gente de los campamentos lleva 50 años resistiendo en el desierto con una dignidad que nos da lecciones a todos. No abren los telediarios porque no hacen ruido. Quienes llevan años yendo ven que poco a poco se construyen cosas: tendido eléctrico, mejores casas, aljibes para el agua. Pero en lo político, las decisiones se toman lejos de ellos, y el referéndum que se les prometió en 1991 sigue sin celebrarse.

Agua que cae de un grifo a una taza azul

No podemos devolverles estos 50 años. Pero darles visibilidad es mi pequeña batalla. Porque, al menos, no vamos a permitir que el silencio gane.

Fotografías: Raúl.