No fui al Sáhara
En enero viajé con un grupo de voluntarias de la asociación Amistad Saharaui, de Alcobendas y San Sebastián de los Reyes. Para ser exactos, no fui al Sáhara, sino a los campamentos de población refugiada saharaui. Y lo matizo desde el principio porque es clave: los campamentos no están en el Sáhara Occidental.

Están en Argelia, en un terreno extremo cedido por este país en la zona de Tinduf, un lugar que se conoce como «el desierto de los desiertos». Allí se levantan las wilayas de El Aaiún, Smara, Ausserd, Bojador y Dajla, y Rabuni, la capital administrativa.
Un muro en el desierto
Para entender cómo todo un pueblo acaba viviendo en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, hacen falta un par de datos. Los límites del Sáhara se fijaron en tratados desde 1900. Y no era una colonia cualquiera: en 1958 se convirtió oficialmente en una provincia española, la provincia 53. Durante décadas hubo cierto desarrollo, con obras públicas y riqueza pesquera, y un pueblo tradicionalmente nómada empezó a asentarse bajo nuestra administración.
Pero la ambición de Marruecos sobre el Sáhara nunca se detuvo. Si os interesa la historia, os animo a buscarla, porque lo que vino después es de traca. Pero vamos al turrón.

Hoy el Sáhara Occidental está ocupado por Marruecos, y el pueblo saharaui vive separado por un muro de más de 2.700 kilómetros. Lo repito por si parece poco: un muro de más de 2.700 kilómetros, más del doble de lo que mide la Península de punta a punta. Barreras de arena, fortificaciones, vigilancia y soldados a lo largo de todo el trazado. Y a su alrededor, uno de los terrenos más minados del mundo: se calcula que hay más de siete millones de minas.
La vida en los campamentos
No quiero romantizar nada de la vida en los campamentos, pero lo que vi allí es generosidad pura. Llegar es un golpe de realidad. Necesitas un visado específico. Al bajar del avión te escolta la policía argelina y después te recoge el Frente Polisario. Al caer el sol, sobre las siete de la tarde, no se puede salir de las casas por seguridad, una norma que se endureció después de que un grupo yihadista secuestrara a tres cooperantes en 2011.
Nos alojamos en casa de Munir. Él es el ejemplo vivo de que los proyectos educativos funcionan: fue uno de los miles de niños que vinieron a España con Vacaciones en Paz, y Elena fue su madre de acogida. Años después, los papeles se invierten y es Munir quien acoge a la asociación.

La convivencia te rompe los esquemas. Dormíamos en habitaciones separadas para hombres y mujeres, respetando sus costumbres, pero la hospitalidad es absoluta. Nos vistieron con su ropa tradicional, la darrá y la melfa, e hicimos una boda simbólica. Y luego está el té. Allí todo se hace con tiempo, y te sirven tres: el primero, amargo como la vida; el segundo, dulce como el amor; y el tercero, suave como la muerte. Si es la hora del té, la gente se para donde esté y se pone a charlar.

Cuatro magos y más de 2.000 niños
¿Y a qué fuimos? Fuimos cuatro magos: Manu desde Canarias, Varo desde Madrid, Xulio desde Galicia y yo. Llegamos de madrugada y teníamos ese primer día para conocernos. Pusimos nuestras ideas en común y, de forma súper colaborativa, creamos un show coral. Salí de allí confirmando que son unos titanes escénicos, con una versatilidad difícil de explicar si no subes con ellos a un escenario.

Llegamos a más de 2.000 niños y niñas en unos 24 pases, en colegios y en las bibliotecas Bubisher. El telón de fondo podía ser un autobús, un muro pintado por los niños o la inmensidad del desierto. El show era el mismo, pero nunca era igual: jugábamos con lo que teníamos, sosteniendo la propuesta pero permitiéndonos disfrutar, improvisar y reírnos.

A nivel logístico no es fácil. Ahí estaba Alma en la parte técnica, poniendo músicas, montando y desmontando, y siendo el apoyo anímico que nos recargaba a todos. Nada de esto habría sido posible sin proyectos como Sahara Mágica y sin personas como Elena, Susana, Támor, Pilar, Alma, Zaira, Paula, Anto y Raúl.
Mi pequeña batalla
Cada persona elige sus luchas. Es imposible cargar con todo a la vez o pelear contra todas las injusticias del mundo al mismo tiempo. Es muy fácil pensar: «Total, mi granito de arena no va a cambiar nada».
Pero sí cambia. Cambia cómo te sientes tú. Si consigo dirigir mi energía, mi tiempo o mi arte hacia causas como esta, sin juzgar a nadie, me siento en paz.
La gente de los campamentos lleva 50 años resistiendo en el desierto con una dignidad que nos da lecciones a todos. No abren los telediarios porque no hacen ruido. Quienes llevan años yendo ven que poco a poco se construyen cosas: tendido eléctrico, mejores casas, aljibes para el agua. Pero en lo político, las decisiones se toman lejos de ellos, y el referéndum que se les prometió en 1991 sigue sin celebrarse.

No podemos devolverles estos 50 años. Pero darles visibilidad es mi pequeña batalla. Porque, al menos, no vamos a permitir que el silencio gane.
Fotografías: Raúl.